Por Ricardo Trotti:
La evolución de mi obra |
Biografía |
|
Tengo
recuerdos imborrables en los que respiré y observé
arte. Desde muy chico en aquella adorable casona y bar de
Iturraspe y Perú, a la vuelta de la esquina del Santorio
Estivil, allá donde mi mama me empujó a la vida,
absorbí de mi hermano Gerardo un montón de dibujos
en carbonilla, retratos especiales de mi tío Félix
y de mi nona Chinta, y sus autoretratos en óleo y sus
fabricaciones de pasteles terracotas, de los que todavía
guardo sus olores, y que el venía aprendiendo en lecciones
esporádicas de arte de nuestro tío, el pintor,
Miguel Pablo Borgarello.
Recuerdo también las
famosas flores de Elisa Damar, esposa de Miguel Pablo, que
colgaban por doquier en la casa que alguna vez había
sido la telefónica de San Francisco, mi ciudad natal
en la provincia de Córdoba, y a la que mi papá
me llevaba con orgullo para que juegue ajedrez a mis 10 o
12 años para el deleite de los pintores, que casi siempre
salían victoriosos. Algunos partidos de ajedrez terminaban
con Elisa visitando el bar de mi mamá, quien tiempo
después recordaba a la finada Elisa, en la mesa de
la esquina – cerca de la salida hacia el patio donde
se sentaba el tío Félix y de noche dormía
el parlanchín Piojo en su lorera - con un peinado impecable
y una copa semillena de Esperidina, una bebida espirituosa
de la que Elisa parecía enamorada.
En casa Gerardo hacía
arte y hablaba de arte. Y como nos separan un poco más
de cuatro años, diferencia que en la niñez es
una brecha generacional, no me fue posible contagiarme con
esa pasión como ahora pienso que me hubiese gustado.
Si podría retroceder y prestar más atención!
Pero así fueron los
hechos. Fuimos tomando caminos diferentes y para mi el arte
solo quedó como un cúmulo de recuerdos vagos
que recién después en mi etapa creativa fui
rescatando de los escombros que permite la conciencia y los
que afloran intempestuosos pero inocentes de la inconsciencia.
Diría que mi etapa artística
comenzó con un fortuito e ingenuo accidente y luego
se fue hilvanando por recuerdos y por las ganas de asemejarme
al ejemplo de inteligencia, pasión e impresionante
creatividad que desplegaba Gerardo.
Luego mi vida en el periodismo
me fue llevando por otros senderos en los que las dos profesiones
se fueron amalgamando y prestando partes entre sí.
Resulta imposible hablar de
mi evolución artística sin hablar de la evolución
como periodista. Ambas esferas están fuertemente entrelazadas
y son indivisibles. Mis vivencias y experiencias dentro de
la profesión fueron abriendo paso a una veta pictórica
que nunca me resultó desconocida, pero a la que por
mucho tiempo, desgraciadamente, traté con total indiferencia.
Los primeros pasos artísticos
los di mientras también cumplía con las primeras
tareas periodísticas, apenas despuntaba la década
del 80, en un semanario de la Arquidiócesis de Washington,
El Pregonero, en la capital estadounidense. La falta de recursos
y de personal me llevaron por necesidad a combinar el trabajo
de reportero con la fotografía periodística.
Michael Hoyte, un fotógrafo
gordachón, me guió por los caminos de la fotografía
blanco y negro. Y así pasé varios meses, publicando
grandes notas sobre problemas sociales en las páginas
centrales del semanario, con mis propias fotografías
monocromáticas.
También
por necesidad, un día que llegaba la hora de cierre
y ante la falta de fotos para acompañar un reportaje
que había escrito sobre el sida en el barrio latino
de Adams Morgan, mi editor, el hondureño Oscar Reyes,
me autorizó a hacer un dibujo de un árbol en
una plaza donde solía descansar la desgraciada víctima,
un pobre y enflaquecido muchacho hispano. Fue mi primer –y
sencillísimo- dibujo publicado.
Pocos años antes había
acompañado a mi hermano Gerardo en París donde
seguía su carrera artística. Durante un par
de meses, en una pequeña habitación del barrio
de Mont Martre (una cuadra debajo de la basílica del
Sacre Coeur), creo que absorbí por hósmosis
toda su pintura, enseñanza al fin. Gerardo me había
conseguido algunas changas ayudando en el taller de un escultor
argentino, Osvaldo Rodríguez, donde ensamblaban obras
para la escultora, también argentina, Alicia Peñalba.
Recuerdo ahí particularmente los trabajos que hacían
con fibra de vidrio y otros materiales que desconocía,
como los enduidos que luego aprendí a manejar en un
trabajo de pintor de “brocha gorda” que Gerardo
me había conseguido a las afueras de París en
Villiers Sur Marne, en la casa de una tal Mirelle. Nunca hubiese
imaginado que años después utilizaría
esos materiales en mis obras.
También otra experiencia de enduidos y espatulas que
me ayudó a resolver y amar cuestiones de textura, creo
que surgió de una experiencia que tuve en Menomonie,
Wisconsin, en la casa de la familia Racine, cuando viví
allá unos seis meses como parte de una beca que me
permitió enseñar español en la escuela
secundaria Menomonie Senior High del pueblo y socializar con
amigos que estudiaban en la University of Wisconsin-Stout,
especialmente frente a Stout en el famoso Silver Dollar Bar.
Largas veladas con jarras galonescas de cervezas, cáscaras
de maníes esparcidas por el piso, y decenas de Marlboros
me mantenían en vilo junto a Alvaro, un profesor suizo
que andaba en los mismos pasos que los mios.
Con la fotografía blanco
y negro, e incentivado por Michael y por aquel primer dibujo
publicado (uno nunca sabe como pequeños detalles en
la vida terminan siendo excelentes disparadores de otros logros)
decidí dar un poco de vida a las fotografías.
Las empecé a colorear, casi jugando, con acrílicos
baratos y casi sin pigmentación, que compraba cerca
de casa en esos ya populares One Dollar Store.
Pero un día todo cambió.
Con una Polaroid prestada por la hermana Amaya del Centro
Católico Hispano de Silver Spring, en Maryland, en
cuya sede vivíamos con mi esposa Graciela y Tomás,
nuestro primogénito, le tomé varias fotos a
mi mujer hasta que me quedé con una que hice ampliar
y que todavía hoy, muchos anos después de nuestro
casamiento el 20 de marzo de 1985, es uno de mis trabajos
emocionalmente preferidos y que nos acompana en una pared
de nuestra casa en Miami Lakes. 
Graciela está con medio
semblante en sombras, con una evidente y colorida paleta de
colores sobre su blusa y sobre la cinta del sombrero de paja
de alas anchas. Se puede discutir su calidad, no lo niego,
pero lo que nadie me podrá discutir es que ahí
realmente descubrí que tenía ganas de ser artista,
de sentir el gozo que experimentaba Gerardo, y que quería
seguir haciendo “arte”. Estaba tan orgulloso de
ese primer esbozo artístico, que convencí a
mi suegro, José Curiotto - un fotógrafo profesional
en mi natal San Francisco, en la provincia argentina de Córdoba
- de que la enviara a varias competencias en salones de Buenos
Aires. “Graciela con sombrero”, “Mi Graciela”,
fue con el nombre que la bautizo mi suegro para introducirla
en varios salones de competencia fotografica.
Pero Graciela no corrió la misma suerte que ”Sombrero
rojo”, una fotografía que mi suegro le tomo a
Graciela cuando adolescente, posando con un sombrero de paño
de aquel color. Con el “Sombrero rojo” mi suegro
ganó un primer premio en un salón nacional argentino
de fotografía, con lo cual recibió amplio despliegue
en el diario de San Francisco, La Voz de San Justo, mucho
antes de que yo conociera a mi esposa.
En realidad la relación
con mi suegro empezó mucho antes, cuando yo incluso
era un bebé. Resulta que tiempo después de ponerme
de novio con Graciela, descubrí que en mi dormitorio
de mi casa materna colgaba, arriba de la cabecera de la cama,
una foto mía en la que tendría unos dos años,
fimada, curiosamente por mi suegro Curiotto.
|