![]() Posted on Sun, Feb. 26, 2006 Ricardo Trotti, el placer de la creación ADRIANA HERRERA T El Nuevo Herald La primera escuela de arte a la que asistió Ricardo Trotti, el artista argentino que expone en el lobby de The Miami Herald su serie Circo, fue el bar-restaurante Nueva Pompeya, situado en la esquina más concurrida de su barrio en San Francisco, epicentro del pueblo cordobés, y puerta de entrada y salida de ese universo ''en el que convivían y competían personajes, objetos y colores'' que era indispensable atravesar para llegar a su propia casa. En el espacio
que contenían sus paredes veteadas, desde el medio día hasta
la noche se sucedía un escenario cambiante de comensales --obreros
cargando bolsas del molino, oficinistas y jubilados-- que llegaban en
diferentes oleadas a ese mundo del bar contiguo a la casa regentado por
su madre, que iba y venía de una a otra mesa estableciendo un orden
en medio de la alegría del vocerío, del girante calidoscopio
en el que Trotti descubrió los colores de la vida, el fulgor del
vino y la voz de los hombres que han recorrido muchos caminos y están
llenos de historias.El bar Pompeya le dio una inagotable curiosidad por el mundo y le enseñó los primeros trucos para desarmarlo y recomponerlo usando imágenes y palabras. Uno de sus pasatiempos era escaparse de la siesta obligada del medio día, para espiar por la mirilla de la puerta del bar hacia la calle. Pero en lugar de posar el ojo sobre el agujero, ponía una hoja de papel para ver proyectadas las imágenes del exterior, que iban formando la composición de los espacios de la calle de afuera, pero al revés. Mucho más tarde, después de cumplir una larga trayectoria como periodista y asumir su vocación de artista reconocería que la sensación primordial de la creación visual ``ocurre en el instante en que encuentras una línea y empiezas a armar un mundo''. Entre las influencias que despertaron esa imaginación sensitiva de la que proviene el arte, aparece la figura de su tío Pablo Bogarelo, que le enseñaba a Gerardo --el hermano que desde adolescente no imaginó para sí otra vida que el arte--, cómo moler terracotas y fabricar óleos. Pero también importa el ejercicio que antes de cumplir 10 años Trotti repitió hasta el infinito, de emborracharse dando vueltas hasta que sillas, mesas y botellas ``se descomponían fundiéndose en una estela colorada de cometa''. Esas formas que se descomponían, tanto como las siluetas de los personajes como el Manya Luna --viejo comensal del bar, que a cambio del buen vino del Pompeya hacía recados a su madre-- resurgieron en la bellísima serie expresionista Infancia que Trotti dibujó muchos años después de instalarse en Miami en 1993, cuando se otorgó por primera vez el espacio de un estudio para pintar y presentó una serie inspirada en la música. La revelación de su oficio de artista fue un proceso lento, vivido con la timidez de quien es conciente de ser un creador autodidacta que no vive de su arte, aunque tiene la certidumbre de una vocación irrenunciable. De todo ello viene el carácter genuino de su obra. Recuerda aquella ocasión en la que intentaba explicaciones sobre sus pinturas frente a Pérez Celis. El pintor, más complacido frente a lo que veía que a lo que oía, le dio una lección fundamental cuando le dijo que el arte se justificaba por sí solo. Esto surtió un efecto liberador que se advierte en la fuerza de su pincelada, en la capacidad de trazar retratos llenos de carácter aunque los rostros apenas se insinúen, en la desfachatez de sus formas o la creación de conjuntos de atmósferas capaces de conmover, sin precisión en los detalles. De algún modo, en su pintura, las historias de los personajes están como signos invisibles, detrás de la tela, transmitiéndoles aliento. Fue en los ochenta, cuando un reportaje en la calle Adam Morgan en Washington que incluía la historia de un chico hispano con SIDA que estaba muriendo en un parque, y cuya fotografía no debía aparecer, lo llevó a hacer un retrato que fue la primera pintura suya vista por un público amplio. La reportería gráfica lo condujo a una aproximación estética a la imagen. Afinó la destreza de las composiciones desde el punto de vista formal, incursionó en la posibilidad de pintar con acrílicos sus fotos, pero sobre todo afianzó una concepción de las artes visuales que privilegia su función expresiva, la contundencia en la transmisión del mensaje. Como periodista o pintor para Trotti la realidad es el vastísimo campo que da forma a su obra. De ella da cuenta, buscando el vigor de lenguajes capaces de revelarla. A fines de los 80, sus denuncias sobre corrupción periodística en Santiago del Estero, Argentina, no sólo lo llevaron a escribir el libro La dolorosa libertad de prensa, sino a buscar un lenguaje plástico para volver palpables temas intangibles comoafirmación de la libertad o impugnación del crimen. De esa búsqueda surgirán los cuadros de la serie Impunidad, llenos de tonos negros, de composiciones fotográficas que integran calaveras extraídas del simbolismo de la muerte de los pueblos centroamericanos con tenebrosas paredes y duros haces de luz. De igual modo, tal y como se advierte en la serie Circo, derivada de la recreación pictórica de la infancia que Trotti inició hace cinco años, a partir de la muerte de su madre, también es necesario excavar en el lenguaje visual para captar como algo recién surgido, esas otras experiencias de la vida humana que son el asombro ante de la belleza, el regocijo inmemorial de todos los hombres ante las historias, o la rara felicidad que se desata en la imaginación de un niño cuando el mundo se extiende bajo una carpa de circo. Todo ello ocurría para él en el interior del bar Nueva Pompeya, porque allí aparecía periódicamente su tío materno Tito trayendo regalos como el tren encendido que aun gira en algún cuadro y desplegando, sobre todo, historias de todos los lugares de donde llegaba con su circo. De la compañía de trapecistas casi adolescentes de las que el niño se enamoraba perdidamente sin poder retener más que el aroma de la belleza, de los malabaristas que casi siempre venían de México, de esos artistas del cuerpo que trazaban círculos montados en una rueda y del recuento del mundo que traían de sus viajes nómadas por el continente, surge la serie Circo. Los intensos fondos rojos, verdes, azules, provienen de las luces artificiales circenses. El asombro ante los cuerpos capaces de hacer prodigios se revela en el modo en que Trotti los hace reinar de un modo absoluto sobre el espacio. Pero también está presente cuando los despliega en formatos más pequeños sólo para permitir la composición de figuras entrelazadas por cintas en el interior de una carpa que alberga el grito de entusiasmo de un niño, tanto como el control total en el juego con la muerte. La aproximación al dominio pictórico en los cuadros de Circo no se explica sin las experimentaciones con acrílicos y lápices de cera de la serie precedente Retratos de familia. Pero además, hay un elemento esencial en estas pinturas: su fuerza no proviene sólo de los trazos expresionistas que recuerdan a Oscar Kokoscha, sino del trabajo de un artesano manual. En París y en alguna ciudad de Estados Unidos, Ricardo Trotti, hoy director del Instituto de Libertad de Prensa de la Sociedad Interamericana de Prensa, fue pintor de brocha gorda, aprendió a hacer estucados y descubrió el gozo artesanal de ensuciarse las manos, de sentir la espátula, la rayana, de dejar rastros sobre la materia. Circo es también una afortunada celebración del placer físico de la creación. aherrera@herald.com 'Circo' exposición de Ricardo Trotti. Inauguración el 3 de marzo a las 6. p.m. Hasta el 25 de marzo. One Herald Plaza, Miami. (305) 376-3535. |